domingo, 29 de abril de 2012

Barracuda 68 (full version)






Barracuda 68
A EMA y AFG
Daniela Flores

Resaltaba el brillo trasero de la defensa plateada y el letrero en manuscrito que decía: Barracuda. Apagué los faros. Los stops bañaban la oscuridad de la calle. La luz roja del semáforo tenía detenido mi auto. En mi vida pasaba lo mismo, estaba esperando la luz verde para avanzar. Había que hacer algo. La vida, como las carreras, es para hacer correr la adrenalina. Descansé mi cabeza en el brazo recargado en la ventanilla abierta. La lámina roja, fría y pesada, podía compararse con mi alma.
Sonó su teléfono. Era Esteban. La esperaba listo. Terminó la llamada y se encaminó. Salió humo del pavimento.
Esteban y ella eran amantes de la velocidad. Amos del mundo nocturno. No conocían el miedo, por su mente sólo se agitaba la marea de la excitación. Vivían para dejarse seducir por las sombras que producen los faros en la clandestinidad.
No era difícil sucumbir  ante el orgásmico estruendo de los muscle cars, verdaderos  motores que convierten a los humanos en héroes opulentos e inmortales.  Pero Esteban y yo íbamos por más, mucho más todavía.
Él era mi talismán. Me lo habían dicho. Supe que era cierto cuando lo golpearon en aquella carrera a muerte y fue a dar al hospital. Su rostro bañado en sangre lo hacía ver como un toro a punto de ser atravesado por la última estocada. Todo ese tiempo de recuperación fue tiempo perdido para mí. Fui vencida varias veces por milésimas de segundo, que se convirtieron en una eternidad, por un deslumbrante Monte Carlo 70, color negro. Estupendo animal que sólo era comparable con una pantera asechando
Desde entonces siempre va conmigo. Es un secreto. No me gusta creer en estupideces, pero cuando Esteban está a mi lado, mis pensamientos se traducen en los movimientos del Cuda. Y esta noche era especial. Tenía un plan, y no era precisamente el de ganar.

Encendió su cigarro y miró por el retrovisor. De reojo vio las luces de una torreta de patrulla alumbrando las calles, pero la patrulla no estaba. Debió pasar pronto. No había ya nadie en las calles. Ni siquiera borrachos ni mal paridos. Viajaba sola en medio de las calles inmundas de la ciudad. Llegó a una gasolinera. Observó el asombro del despachador cuando vio el Barracuda estacionarse.
—Tanque lleno, por favor — y Audrey levantó la mirada para darle las llaves y lo miró excitada.
—¿Quiere que revise las neumáticos?... No había visto uno de estos en mucho tiempo…— le dijo el joven moreno y musculoso mientras le miraba los senos.
—…
Audrey sólo hizo una mueca y movió la cabeza. Mientras se veían por el retrovisor, ella se tocaba los labios, el despachador abrió el tanque, traía la maguera en la mano y la clavó bruscamente en el orificio hasta terminar.
—Tanque lleno, señorita.
—Gracias— dijo Audrey. Extendió la mano, el despachador le entregó las llaves, tenía la mano áspera. Pagó. El Barracuda se alejó en medio del silencio de las calles.
Se estacionó frente a la casa de Esteban. Abrió la puerta y se bajó del auto. La madrugada estaba comenzando, lo pudo sentir en sus brazos desnudos, tatuados por completo por hadas que vivían en su bosque de tinta verde y piel, y que unía, justo en el pecho, una calavera negra mostrando los dientes. Esteban la besó de una forma que la hizo sentir que corría con el Barracuda, en una autopista en pleno desierto y sin ropa. Subieron al auto. El equipo estaba completo.
—La cita es a las dos de la mañana. Tengo ganas de quererlos a todos y traigo con qué: mi Barracuda 68 FASH  BACK —dijo Audrey mientras se reía sarcásticamente y después siguió pero con hilo de voz: —La garganta de su motor suena a un edificio cayendo. A miles de gritos maldiciendo madres o a la esquina del cielo desplomándose en el pecho. Rojo como el infierno, como el placer en la punta de los dedos. Lo pinté así de nuevo porque, quizás, un auto no puede ser de otro color, porque cuando la velocidad va creciendo el mundo es de color rojo. Es un enérgico V8, rines originales de 19 pulgadas, tapizado en cuero negro, vestido como yo. Es lo único que conservo de mi padre.
No dijo adiós, sólo que iba de viaje y que regresaría pronto. Todo un Don Juan. Hizo bien en no despedirse. Las despedidas son para imbéciles que creen que así oficializan su ausencia y que por marcharse se alejan de su origen. Su rostro de Bobby Sherman  cantando “Easy come, Easy go” se desvanece en mi memoria cada vez que quiero recordarlo. Lo único que guardo en mi memoria es cuando corrí atrás de él, esa última vez, y le dije:
—Llévame en el carro — él me sonrió nada más. Nada más. Me dio las llaves y se fue. Me quedé llorando tras la puerta. ¿Te das cuenta? Este auto es todo lo que tengo.
Estuvo tirado en el jardín hasta que pude ocuparme de él. ¿Quién más iba a hacerlo? Mis hermanas son unas princesas y yo la mosca que por accidente salió en la foto. 




















Lo reconstruí poco a poco hasta quedar hecho una máquina de poder y belleza. Si hubiera sido un hombre este carro, yo hubiera sido su más fiel esclava. Y lo era, porque manejarlo es como subirse en las piernas de Jim Morrison mientras él hace obscenidades con la mano y truena su voz: “Hello, I love you, let me jump in your game”, y yo, le acariciara el cabello. No sé porqué te cuento todo esto, quizá porque merece un premio tu silencio. Ahora ya sabes de dónde salió este Barracuda por el que yo muero. Esteban, ¿qué es lo más excitante que has hecho en tu vida? — preguntó mientras conducía.
—Yo creo que lo más excitante que había hecho era vivir con una virgen y una puta al mismo tiempo. Me volvía loco esperar a que llegara la noche y dormir con ellas sin tocarlas. Me producía un estado de catalepsia erótica. Pero lo que haremos esta noche…
El auto se dirigió hacia el sur de la ciudad. El frío comenzaba a calar los huesos. Ya se habían estacionado varios vehículos y se veían pululando la avenida. Se estaban acomodando las apuestas. Comenzó la primera carrera. Sólo habría dos esa noche. Esteban y Audrey llegaron antes de las dos. Bajaron a saludar a sus amigos. Uno de ellos les avisó que una gran apuesta corría esa noche en su contra, porque había llegado un nuevo desafiante: un Chevelle, cuarto de milla. Lo habían visto desde que llegaron. Un Chevelle morado con el cofre y las puertas abiertas. Audrey se veía confiada. Fumaba y Esteban tomaba cerveza y se agarraba de vez en cuando su afro con una mano. La carrera principal sería a cofre cerrado. Se oía el barullo de la música electrónica. Los autos se estaban acomodando en su sitio sobre la amplia avenida. Competían por cinco grandes y los organizadores habían dictado que debía haber un nuevo ganador, a costa de todo.
Una peliroja dio el banderazo. Se oyeron los gritos y la euforia se apoderó de todos. La astucia de Audrey se estaba midiendo con la del piloto del Chevelle. Detrás de ellos venían un Charger 68, un Dodge Challenger 69, un Galaxi 500 64, un Valiant Acapulco 66, un Mustang 70 y detrás de ellos, pero ganando ventaja, un Coronet 69.
El Barracuda iba adelante pero sólo por una distancia que se medía con narices. Esteban le gritó a Audrey:
— Acábalo —a lo que ella respondió con una sonrisa irónica. Traía puesto su gorro negro. Miró rápidamente el tablero, los asientos y el volante. Todo estaba impecable. Respiró profundamente y exhaló con fuerza. Estaba convencida de lo que iba a hacer.
—Tengo que hacerlo —dijo en voz alta.
Cuando el Chevelle quiso acelerar, lo alcanzó el Valiant Acapulco y juntos se emparejaron al Cuda, pero Audrey escapó de la encrucijada que le habían puesto: querían hacer un embudo de donde ella no escapara. Sacó una buena ventaja y aceleró. El rostro de Esteban estaba sudando a pesar del frío. Metros más adelante las llantas del Cuda se patinaron por el rocío congelado sobre el pavimento y giró sobre el mismo eje. Todos miraban a lo lejos al Cuda patinándose. Querían verlo perder. El morbo es descomunal cuando frente a todos muere el rey. En cuestión de segundos logró estabilizarlo pero el Chevelle ya le llevaba ventaja. Audrey hizo chillar las llantas y aceleró a toda potencia mientras los otros la rebasaban y gritaban.    
Había puesto música. Audrey no competía sin escuchar la cinta que el Barracuda guardaba en la guantera como un tesoro. Era su himno. Parecía que estaba en trance. Esteban la miraba y no la reconocía. En realidad nunca la había conocido. Siempre que pensaba conocerla bien, se daba cuenta de que era otra muy distinta. No sabía gran cosa de ella. Ni siquiera sabía dónde vivía. Era misteriosa y él había aceptado todas las condiciones. Audrey qué. Ahora que lo pensaba no sabía ni cómo se llamaba. ¿Se llamaría realmente así? Estaba pensando eso cuando se dio cuenta de que Audrey estaba concentrada. Era cierto. ¡Lo que dijo era cierto! Se estaba dejando ganar. No se patinó por accidente. A ella no le hubiera pasado eso. Era el mejor piloto que había conocido. Había salido de entre la penumbra una noche, le abrió la puerta del Barracuda y le propuso irse con ella. Había conocido algunas mujeres. Varias, que le habían parecido extravagantes pero Audrey era rara. Tenía algo, que ahora descubría. O quería pensar que descubría. Estaba loca. Algo en su cabeza no funcionaba bien.  Eso pensaba hipnotizado cuando volvió a la carrera y el Barracuda había alcanzado al Chevelle que corría todavía más. Venían de regreso a la meta. Audrey metió hasta el fondo el acelerador y alcanzó al Chevelle pero cuando ya estaba a punto de rebasarlo el Cuda se estrelló con él por detrás, en el puente. Un ruido seco se escuchó. Audrey se estremeció y vio girar el coche por los aires.  El Chevelle se estrelló contra un muro de contención y todos se quedaron mudos viendo la escena a lo lejos.
Audrey reanimó a Esteban quien vio el auto, que por poco queda boca arriba, y no podía creer que estuvieran vivos. Gritaba excitado: — ¡Wow! ¡Wow! — y un hilo de sangre comenzó a bajar por su frente y se quitaba los vidrios de las manos.
Salieron rápidamente del Barracuda por la ventanilla del copiloto. Se comenzó a percibir un olor fuerte a gasolina. Corrieron a prisa calles adentro y se metieron en un auto abandonado. Todo era oscuridad. Un gato maullando se oía a lo lejos. Sabían lo que seguía. Audrey pensó: — La luz verde. Adiós papá — y le sonrió a Esteban.  El Barracuda todavía sin explotar seguía tocando la música entre los fierros retorcidos:

“I had to find myself in time. Now I can start all over again.
Hangin' around takin' it slow. Happy I found. I still can smile and dig the show.
 Lettin' me know. Easy come, easy go”